“LA FORMACIÓN COMO REALIDAD QUE ACOMPAÑA A LA PERSONA A LO LARGO DE TODA SU VIDA”

“La educación ha dejado de ser un privilegio de una minoría selecta y se versa sometida a una edad fija, ahora tiende a extenderse a la vez a toda la comunidad y a la duración de la vida del individuo. En cuanto tal, debe manifestarse como actividad permanente y omnipresente. No cabe ya concebida como preparación para la vida, sino como una dimensión de ésta, caracterizada por una adquisición continua de conocimientos y una constante revisión de nuestros conceptos (Maheu, 1970).

A fin de cuentas, lo que interesa es que todo ciudadano sea agente activo y participativo en el quehacer diario de su comunidad. La persona informada y formada es capaz de tomar decisiones propias, ser agente de cambio en la comunidad en la que se desenvuelve, tiene una visión del mundo y aborda su actividad laborar con sentido de la excelencia y la innovación. Aquí radica el sentido pedagógico de la educación permanente: en la verdadera liberación personal y grupal que elude cualquier intento de alienación. 

Nos hallamos inmersos en un tiempo considerado “de entre épocas” y ello supone dar centralidad a las grandes empresas y proyectos de las naciones; aportar horizontalidad y capilaridad a la generación y difusión del conocimiento, que se concreta y concluye en la materialización de acciones de trabajo. Por ello el propósito medular de lo permanentemente educativo es la posibilidad individual y grupal de participar socialmente en todas las manifestaciones humanas, desde el tiempo libre disponible, hasta el tiempo dedicado al trabajo profesional. La formación permanente es, por tanto, una necesidad de pertenencia al grupo social y solo se pertenece a él si se actúa en él y en el medio que le es propio.

Cada persona va aprendiendo a participar socialmente gracias a su propio desarrollo evolutivo y a la adquisición de contenidos culturales, procedimentales, actitudinales y axiológicos que le permiten participar en la vida de su entorno, con  un sentido constructivo. Pero esta realidad, denominada formación continua, es la que permite desarrollar la capacidad para seguir aprendiendo y, por consiguiente, de estar en todo momento en disposición de seguir comprometido con la participación. Planteamiento que justifica la estructura del sistema educativo, desde la educación infantil, hasta la formación permanente de los egresados de los estudios universitarios.

Durante no poco tiempo y en diversos países se ha asimilado la educación permanente a la idea de educación compensatoria. Efectivamente, puede ser una orientación de la misma cuando nos encontramos con sociedades que necesitan equilibrar la formación de sus ciudadanos e iniciar una preparación para la realización del trabajo basado en la excelencia. Pero superada esa etapa, las sociedades modernas deben orientar sus pasos al desarrollo de la sociedad del conocimiento. No se trata de orientar la formación permanente a situaciones de acomodación ante momentos puntuales, sino que la formación permanente adquiere en estos momentos una clara orientación que plantea las ofertas educativas orientadas hacia la preparación de los ciudadanos para abordar nuevas situaciones de cambios continuados, tanto en el mundo laboral como en la sociedad que les circunda. No se trata exclusivamente de adquirir aprendizaje que actualicen conocimientos necesarios para el desarrollo de su actividad profesional, evidentemente, son necesarios, pero se trata de que se adquieran competencias transversales que permitan organizar a los alumnos sus propios aprendizajes, generar innovación desde su propio trabajo, aprender a trabajar en grupo, reflexionar y decidir, etc. No hace mucho tiempo la sociedad podría estar tranquila, en cuanto que las competencias adquiridas por una persona que lograba un adecuado nivel de suficiencia dentro de un perfil profesional, servían para toda la vida. Hoy, sin embargo, nadie puede asegurar que las competencias logradas como obrero cualificado, diplomado, licenciado, etc. le sean válidas para el futuro a corto, medio y largo plazo. El cambio es una constante de la situación actual y futura, y no es necesario apuntalar la idea de que estamos instalados en el mismo.


La sociedad del conocimiento plantea su adquisición como un hallazgo compartido y difundido mediante una estructura capilar. Estamos, pues, ante un contrapunto entre un modo de hallar, gestionar y difundir el conocimiento, ya periclitado, en las concepciones teóricas, pero aún muy vigente en la cultura profesional del docente, y otro modelo mucho más operativo, pero que anda aún en las intenciones. Nos referimos al preconizado por la sociedad del conocimiento, cuya novedad no está en los hallazgos, sino en el modo de difundir la información a todos los miembros que integran una comunidad, y de gestionarlo desde perspectivas meramente colaborativas, donde lo importante no es lo conocido sino qué se pretende conocer. La formación y, por tanto los centros educativos, como no puede ser de otro modo, se encuentran vinculados, al menos en el compromiso, a esta nueva realidad que demanda entre el profesorado asesoramiento formación adecuada para responder a las cuestiones que se le plantean, y a las que por sí solo no puede dar respuesta.

Cuando hablamos de organizaciones educativas que se orientan a favorecer la formación continua, lo hacemos de una organización que aprende y está centrada en quien aprende, para ello debe favorecer una disposición a desaprender y cambiar modelos mentales; a favorecer un currículum centrado en el alumno y en su aprendizaje y a favorecer el aprendizaje mediante el desarrollo y la reflexión sobre sus actividades diarias. 

Planteamos un modelo basado en los valores, las actividades a desarrollar como elementos de reflexión, la habilitación en competencias, entendidas como el ejercicio que permite resolver situaciones en contextos y ámbitos diferentes, atendiendo a las herramientas que constituyen las capacidades que integran cada competencia.

La formación continua plantea una actitud de autonomía personal, entendida como predisposición a actuar de modo independiente, con iniciativa, no dependiendo de quién enseñar; responsabilidad personal sobre el propio aprendizaje que, partiendo de un conjunto de competencias como planificación y gestión del tiempo, permite gestionar los tiempos y contenidos del propio aprendizaje; colaboración, entendida como una disposición permanente a cooperar con los compañeros y con las personas con las que se comparten situaciones de aprendizaje y colaboración.

El desarrollo de valores sociales permite generar un clima en el que la adquisición del conocimiento elude el sentido competitivo y desarrolla en los que aprenden una perspectiva cooperativa, entendiendo el conocimiento como bien social que se debe difundir antes, más y mejor. Por último hablar de la habilitación en competencias. Entendemos por competencias el buen desempeño en contextos diferentes, basados en la integración y activación de conocimientos, normas, técnicas, hábitos, habilidades, destrezas, actitudes y valores. Cuando hablamos de competencias lo hacemos de competencias instrumentales que suponen un medio para alcanzar una realidad, de competencias interpersonales, que facilitan las relaciones entre las personas, y de competencias sistémicas, que facilitan las destrezas y habilidades en relación con la totalidad de un sistema.

En el contexto actual, en el que la deslocalización y la globalización constituyen dos fenómenos complementarios, la competitividad y el desarrollo tecnológico supone dos evidencias innegables, siendo la formación continua un elemento de primera magnitud para poder orientar la misión y competitividad de las organizaciones. Por eso esta propuesta plantea para este país la posibilidad de iniciar diferentes acciones complementarias, capaces de formar al capital humano de modo que pueda abordar los retos que le plantea la “aldea global”, siempre, partiendo de su identidad nacional, su idiosincrasia y las necesidades formativas evidenciadas por la investigación. La financiación mediante políticas públicas, la definición de necesidades formativas y la configuración de ámbitos curriculares adecuados, así como la preparación de un profesorado capaz de dinamizar los nuevos modos de formar, son aspectos de primera necesidad. De modo que una sociedad dinámica y capilarizada pueda sustituir la formación entendida como privilegio por la formación entendida como derecho constitucional.

Directora de formación de IFD